VENGA LE CUENTO

19.04.2018

Venga le cuento ahora yo... Así, sin mucha ceremonia: Mi nombre es Natalia Silva Ramón, tengo 35 años, hacia el año 2007, con 24 años de edad salí del país por miedo al gobierno de Álvaro Uribe Vélez que ya mantenía "chuzada" a mi familia entera. Hablar por teléfono con los míos era un verdadero peligro, daba miedo; había que tomar todo tipo de precauciones, como nunca decir dónde estábamos por temor a un secuestro o algo peor. Sin embargo regresé a Colombia, pese a las rogativas de papá quien vía mail me decía "no vuelvas, aquí no hay futuro", pero claro que sí había, pese a todo y a las amenazas constantes contra la vida de papá, quien por entonces ejercía su oficio de periodista en Caracol Radio y adelantaba las investigaciones sobre "parapolítica". Sí había futuro pese a la amenaza que tuvo que recibir mi hermano Ivancho con tan solo 23 años: un tipo en moto, mientras le mostraba un revólver, en plena hora pico de un día cualquiera en la Localidad de Chapinero en Bogotá, le rezó de memoria los datos personales de cada uno de los de la familia y hasta le dijo en qué banco tenía su cuenta y que apenas si tenía treinta mil pesos, para finalizar diciendo: "Dígale a su papá que deje de ser tan sapo". Confieso que aún siento que se me paraliza la médula espinal cuando una moto se para muy cerca mío, y eso que yo no fui la que recibí el gran golpe. A mi hermano, que recuerdo solo lloraba arrodillado en total pánico mientras decía múltiples veces: "país de mierda... país de mierda... país de mierda", le tomó muchos años sanar su corazón. Pero todo esto era normal. Normal para dos jóvenes que son hijos de un periodista consciente y que nunca quiso arrodillarse ante los paradigmas de Estado, perpetuados en esta patria desde el momento mismo en que boba y todo decidió llamarse "Patria". 

Venimos de una familia de humanistas, periodistas y amantes del folclor, a nosotros nos inyectaron en el tetero historia política de Colombia y en el tímpano noticias y bambucos. Venimos del Huila, una región que ha tenido que verlo todo en materia de violencia. Pero aquí siempre hay futuro, pese a todo hay futuro: Seguir pagando la educación con créditos ICETEX para poder acceder al "derecho fundamental a la educación", saber que de cada contrato te quitan casi el 11% en impuestos y que por cada trabajo temporal que cobres debes pagar a la EPS y al fondo de pensión cifras escandalosas para poder cobrar y tener el "derecho fundamental al trabajo y a la salud", para luego terminar rogando en un hospital para que te atiendan y, si estás de buenas, te atienda un médico que en 20 minutos tiene que decidir qué tienes y en el mejor de los casos recetarte ibuprofeno. Pero no se preocupen, todavía pueden pagar más por servicios complementarios y planes de medicina prepagada que les garanticen un mejor trato, compre su derecho fundamental y rómpase el lomo para poder pagarlo. Pero tranquilos, en este país estamos bien. Siempre estaremos bien: somos tan infinitamente ricos que somos capaces de sobrevivir en medio de la constante y normalizada violación a lo más fundamental: la humanidad. Y es que en este país hemos normalizado tanto lo anormal que nos clasificamos por estratos (esto no pasa en ningún otro país, por lo menos de Sur América), una masacre ya no nos indigna, un muerto no significa nada, una mentira política es parte del paisaje y hablarnos violentamente es parte de nosotros. Nos encanta llamarnos guerrilleros o paracos, nos gusta dividirnos, alucinamos con "darle en la jeta al otro": Normal. Normal en nuestro ADN lleno de resentimiento y de rencor, criado en medio de un conflicto de casi un siglo (discúlpeme Sr. Uribe, sí, es un conflicto pese a que usted nunca quiso reconocerlo legalmente ¿conveniencia?). Quiero aclarar que esta historia no es para convencer a nadie ni para convocar a las "filas" petristas, como algunos imaginarán, simplemente quiero contarles mi historia de miedo y de esperanza, mostrarles mi punto de vista, simple, normal. Y es que yo no quiero más esta Colombia desigual, no quiero más EPS y rogar por la salud, no quiero recibir más estudiantes en la Universidad con niveles de cognición bajísimos y con serios problemas de lecto- escritura porque no tuvieron mucha más posibilidades con la educación que les da esta Colombia, no quiero más LGBTI estigmatizados ni indígenas vilipendiados ni credos únicos ni ley 100 jodiendo a los independientes ni abuelos rogando para que les entreguen su pensión (ahora mismo mi padre, ese al que antes amenazaron por cumplir con su labor, lleva 3 años demandando al Estado para que le entregue su pensión, las demandas están ganadas y desacatadas... Pero así estamos bien. Tranquilos). No quiero fracking en contra de nuestros páramos ni de nuestros ríos, no quiero que la región más rica en agua lleve años teniendo una ciudad con problemas de agua porque toda se la ha llevado la cultura extraccionista, no quiero que nos sigan valiendo huevo los indígenas de la Guajira muriendo de hambre, ni todo lo que hoy nos hace ostentar el tristísimo trono de tercer país más desigual ¡DEL MUNDO! (según clasificación de la ONU). Seguro todo esto que no quiero y que pienso es muy guerrillero y me tocó en cambio el país más desigual y más dividido del planeta... Ojalá algún día pensemos más humano, no será pronto, pero me da mucha esperanza ver tanta gente, tanta masa despertando, pidiendo cambio y pensando cada vez más en cada uno de sus hermanos, y no solo sus hermanos colombianos sino -como decía Eduardo Galeano- "los hermanos que tienen patas, los que tienen raíces, los que tienen escamas y los que tienen pies".


Natalia Silva Ramón

Bogotá. Abril de 2018