Pandemia, o más bien: incertidumbre

21.05.2020

La cabeza me da vueltas en torno a la incertidumbre laboral y esa inevitable sensación de que la vida tal y como la amé ya no volverá a ser. Mi niño sol camina las montañas y juega a imitar a los campesinos ¡Qué suerte que no está ni encerrado ni pegado a una pantalla! El miedo que tuve durante las primeras semanas de confinamiento se transformó gracias a la solidaridad económica de varios de mis colegas y exestudiantes, esa solidaridad y nuestra huida al campo nos trajeron la idea de hacer comunidad y llevar los productos del campo a las casas de nuestros amigos. Ya llevamos cinco viajes que nos dan un exclusivo panorama de Bogotá en los tiempos del COVID. Es extraño, apocalíptico y sanador a la vez. Me impacta el cielo limpio y despejado de una Bogotá que nunca vi así, los habitantes de calle transitando como zombies las calles casi despobladas y siendo los únicos que gozan del privilegio de no tener que andar con su traje antivirus y sus bocas tapadas. Me pregunto por cuánto tiempo ésta moda pandémica será lo normal, me pregunto si mi hijo tendrá que aprender a mantenerse a metros de los otros y a vivir con miedo. Por supuesto me niego a ello y a todos los pensamientos apocalípticos que me atraviesan mientras recorro la Bogotá llena de amigos a los que apenas puedo saludar entre la distancia y el temor cuando les llevo un mercado de estos recogidos entre nuestras privilegiadas montañas.

Extraño el teatro, los ensayos, la risa en vivo y el desparpajo del oficio que elegí y el que he hecho con la simple convicción del hacerlo porque lo necesita mi alma, porque la vida no alcanza. Los ejercicios de "teatro" online no se me dan, no me hacen hervir la sangre ni al verlos ni al hacerlos. Tal vez soy demasiado enchapada a la antigua: Esta vaina de la virtualidad no se me da. Regreso agotada de mis lunes de llevar productos a la ciudad, peleo con mi ego que siente una especie de fracaso por no estar viviendo de mi oficio (por primera vez en 16 años, debo decirlo), mi cabeza me regaña por haberme dedicado a un oficio no elemental y más bien inútil. Luego regreso a mi montaña donde el niño sol juega con un azadón y todo es claro: No, tú no tienes el control.