Intimista: EL MÁS INTENSO VIAJE

07.01.2019

El inicio del 2018 sobrevino cual vendaval después de la experiencia espiritual más hermosa de mi vida: No había otro templo que la selva ni más Dios que el mar, una voz me susurraba al oído lo que debía hacer, a dónde dirigirme, qué necesitaba: -"es hora de regresar. Te necesitan" - me dijo la voz y justo entonces mi host me avisó: -Mañana sale un barco para Buenaventura, hay cupo-. Mi mochila volvió a empacarse y mi alma se despidió del ya amado y entrañable Chocó. Unos días de barco, Buenaventura, Cali... alargar la llegada a la capital... -te necesitan- decía la voz. Aterricé en la casa paterna (y materna... ¡este berraco lenguaje patriarcal!) y dos días después mi cuñada moría en un trájico accidente de tránsito. Efectivamente me necesitaban. La voz era el mismísimo Dios, que en la selva, sin tanta interferencia y publicidad me hablaba al oído. ¿Qué hacer con la información que la voz me daba? En Bogotá era más complejo escucharla, era como si la llamada tuviera interferencia eterna. Por suerte, durante la claridad chocoana me había dictado varias cosas: la gente que debía llamar para el remontaje de mi ópera rock, la casa y el barrio en el que debía llegar a vivir y la certeza de que este año debía seguir sus voces, pues mi vida iba a cambiar. La voz me había asegurado un cambio de paradigma, al principio pensé que se trataría de algo laboral.

Cuatro mochileadas por Latinoamérica, varias por mi país, el trasegar por entre los Andes inculcado por mis padres desde la niñez, 20 años de teatro, tantos más de literatura interrumpida, considerarme una libertaria, saber que la rebeldía es mi bandera y que mi estado eterno es el de la resistencia ¿a qué? A todo aquello que huela al cómodo e irritante statu quo... pero el paradigma iba a cambiar. Un fuerte llamado a consolidar mi trabajar con y por mujeres, a inventar una suerte de feminismo espiritual, sin hippismo pero con conciencia. De repente, el llamado biológico de mi pareja: -tengamos un hijo-. Mierda, eso no estaba en mi mapa de ruta. Bueno, cuál ruta si nunca trazo mucho lo que sigue. Carajo. No. Sería Mafalda convirtiéndose en Susanita ¿Y si en medio de la maternidad se me pierde la linternita?, esa que un amigo dice que yo estoy segura de tener a pesar del caos inmenso que es vivir. ¿Acaso no es la maternidad el acabose de toda mujer artista? ¿volvería a escribir, a actuar? ¿podría mantener mis horarios egoistas, mis saltos al vacío, mi mochila viajera, mi vocecita guía recién adquirida? ¿terminaría confinada a la "seguridad" de un trabajo por miedo económico? ¡Dios mío, seguro vendría el miedo económico! No. La maternidad no es para mí. Soy madre de otro tipo de cosas. Deje así.

Y entonces, la vocecita, mi pareja, el llamado biológico: -Ya tienes 35... ¿no te vas a arrepentir después?--¿acaso no tienes mucha información sobre los ciclos de la mujer, incluída la maternidad?- -¿Cuánto tiempo hace que le das yoga a mujeres embarazadas?- -¿No sabes acaso cómo salirte del paradigma social de la mamá?- ¿Cómo vas a hablar completo de la "feminidad" si no has experimentado su más intenso cambio?- ¡Calla vocecita, calla, la maternidad no es para mí, yo soy una libertaria, la rebeldía es mi bandera, mi estado eterno es la resistencia! -¿Y no podrías seguir siéndolo?- -No. Hablemos en dos años del tema, primero debo terminar de pagar mi maestría... ¡Dios! ¿miedo económico? ¡¡mierda, sólo tener la opción y ya caí en el miedo económico!! ¡¡Auxilio... No te quiero conmigo, statu quo!!

Y de repente, el llamado de mi maestra (sí, que bienaventurada, tengo una maestra) "diplomado en yoga para la mujer: los ciclos femeninos vistos desde el yoga y la filosofía inbound" - Oh Dios mío... algo me quieres decir, vocecita. Ya sé que cuando hay interferencia, como la hay entre el afán de éxito y el consumismo bogotano, tiendes a manifestarte de otras formas- ¡Ok! ¡Tendremos un hijo... sin perdernos en él, sin hacer de él el más inmenso trofeo, sin llenar las redes sociales de sus ecografías, cagadas, balbuceos, mi panza, mi ya no panza, tú, yo, la felicidad, la familia y la inevitable panacea que es tener familia... ¡Carajo! ¡Armar un hogar!... ¿Estamos seguros?... Me voy para mi diplomado. El yoga responderá.

Y el yoga respondió: -La maternidad es el más intenso viaje que puede tener una mujer...- ¡¡¿¿Viaje??!! ¿Alguien dijo viaje? ¡De una! ¡Yo VOY!-... -sí, pero este es al interior del ser- -...¿y cuál viaje no? bueno, por lo menos desde mi perspectiva de mochilera eterna- -Este es viaje al "encuentro con la propia sombra", la caída en picada al centro de uno mismo, el más viejo y ancestral encuentro con el propio ser. El nacimiento de una mujer nueva, una nueva familia y un bebé. Si se hace con consciencia es el más fuerte de los viajes espirituales que pueda hacer una mujer. Te parte en dos, te abre el alma y el cuerpo (literalmente), te hace el centro del Big Bang-. No era mentira. Emprendí el viaje, con la mirada en alto y la sonrisa de mi compañero de vida al lado, mi mochila viajera esta vez ocuparía mi vientre, estaría equipada de mi vocecita adquirida en el Chocó, de mis maestros espirituales, el yoga, la literatura, una partera, una doula, mis círculos de mujeres y mi linternita para alumbrar el caótico camino por esta vida terrenal ¿qué podía estar mal? Si Verne hizo el viaje al centro de la tierra ¿por qué yo no podría hacer uno al centro de mí misma? ¡A la carga... A por la maternidad! Y así... me hice mamá (bueno, en el sentido espiritual, físicamente todos ustedes saben cómo se convierte uno en mamá. Espero).

Una vez asumido el trabajo de limpiar mi útero, perdonar relaciones, espiritualizar la concepción, concebir, etc, vinieron los primeros pasos: el miedo y la ansiedad fueron los primeros compañeros. Pararse muchas veces de cabeza, cambiar mi rutina de entrenamiento para ayudarle al bebé a implantarse, el dolor en el bajo vientre, dejar de usar la bicicleta, empezar a tenerle miedo a la ciudad, a las rutas de siempre, evitar a mi amiga de dos ruedas sin la que creía no poder vivir. Luego ese éxtasis entre la alegría y el miedo, contarle sólo a aquellos más allegados. El primer trimestre es el más delicado. Estaba segura que mi entrenamiento físico y mi vida sana me asegurarían una buena gestación. Efectivamente así fue, médica y biológicamente hablando, pero mi cuerpo, al que consideraba recio y resistente, tanto como flexible, empezó a cambiar día a día: los vómitos, las nauseas, los pequeños senos creciendo ¡por primera vez mis senos creciendo! ¡Era como desarrollarse tardíamente!, migrañas, dolor de cabeza, mi intelectualidad herida. Me sentía fragil, inservible, poco activa, lo único que quería hacer era acostarme en una hamaca y tejer -¡No me hagan pensar, por favor! -¡bien, sumercé, bien!- me dijo mi médico (que si bien es un científico no es justamente el clásico de la EPS sino uno dedicado a la medicina ancestral) -Está conectada con su feminidad ancestral. Es que está gestando, no debe haber más productividad que esa, ya eso es mucho trabajo ¿para qué le quiere meter más?- -Sí, pero no vivo en una comunidad indígena sino en este mundo de la productividad ¿cómo le hago para no parar?- Eso Germán (el médico) no me lo respondió. Simplemente no pude más. Adiós miedo económico: pagar reemplazos en el trabajo, aligerar la carga, dedicarme a vomitar en paz. En los primeros tres meses bajé 4 kilos entre vomitar y vomitar. ¡Uff! Yo, que estaba convencida que a mí eso no me iba a pasar... ¡Yo, que no me he mareado ni en los buses más mochileros, entre las trochas amazónicas de Bolivia y Brasil, ni en el barco que me trajo 25 horas por el nada pacífico mar Pacífico colombiano, yo... la que no se mareaba, estoy mareada ante la maternidad! Había días en que el viaje era como uno de ácidos de los mejores: todos los sentidos explotados, una alegría que te brota por los poros, unas certezas mentales y espirituales que te hacen sentirte cerquitica de dios. Pero la mayoría de los días era ese mismo viaje de éxtasis cuando te cae mal: el peor de tus guayabos terciarios prolongado por días y días enteros. Al parecer, el viaje hacia el centro de mi mísma tenía carreteras y vías más intrincadas que las de las zonas más inhóspitas del continente. Seguro yo no me he mandado a pavimentar, transitar hacia mi centro es una trocha de las peores. Luego vinieron las depresiones. Mis hormonas en fiesta, el odio al mundo, la necesidad intensa de no más trabajo y no más ciudad. En medio de ese estado hice mi última función de Rotich (la ópera rock), una sola función y aún bien librada quedé con el cansancio físico y emocional de dos meses de temporada. El viaje había empezado mal. Para mí, pero mi mochila, o mejor, mi vientre que se empezaba a abultar, o mejor aún, el ser que lo habita, la estaba pasando genial. Él no ha tenido complicación alguna en este trasegar. Pero, en fin, entre vómitos, diarréas y depresiones coroné el primer tramo: el primer trimestre, el recio primer trimestre.

Ahora ya el bebé estaba completamente formado y la época más peligrosa para él había pasado. Todas las teorías e historias me confirmaban que lo que seguía era un valle de tres meses más, un retorno a la versión más parecida que podía tener de la Natalia conocida. Así fue. El segundo tramo (segundo trimestre) fue un valle calmado: mi energía vital regresó, volví a escribir, a crear, a dirigir, a liderar mi vida sin los malestares psico-físicos de la trocha ya atravesada: El cuerpo más pesado, la fragilidad más incorporada, la mochila más llena, los mismos miedos y las tantas incertidumbres acompañando el caminar, el centro vital distinto, el piso pélvico cambiado, la respiración más calma y llevada hacia atrás. No es una parte del viaje de la que tenga mucho que contar. Pero el valle sigiloso del segundo trimestre acaba de terminar. Hemos empezado al camino hacia la cumbre: día a día mi vientre-mochila crece más, se mueve, me habla, me grita cuando lo oprimo, me pide espacio, me dicta qué comer y qué hacer, me desvela, me aterra y también me proporciona momentos de risa y libertad. Ahora en mis sueños ya estoy embarazada, imagino el parto, preparo la llegada de este niño-sol, me aterro ante su pequeña ropa y los pañales, apenas si siento un instinto materno real, pero sí sé que le amo entrañablemente, que este hombrecito ya me ha llevado a conocer las profundidades de mi ser y que aún me preparo para ese momento animal, mamífero y vital que será alumbrarlo, traerlo a este plano, pujarlo hasta hacerlo descender a este mundo tan complejo como hermoso. Sí, soy el Big Bang y en mi vientre todo se prepara para la gran explosión, para la entrega infinita, para el nacimiento de él... y de mi otro yo.

A ustedes, gracias por leer, gracias si aún entre el afán de éxito y el consumismo que nos ronda en este mundo llegaron hasta acá. Por lo demás, ya les contaré cómo sigue el camino de éste, mi más intenso viaje.


Bogotá (o vía al centro de mí misma)

7.01.2019

Foto: @Carolina Perez (Manos que bordan)

Bogotá (o vía al centro de mí misma)