DE ESE CALDO NO QUIERO

12.07.2012

"Una tiene su lado frívolo... ¡pero tampoco!" Me decía una bella y gran amiga con todos los ingredientes para triunfar en la televisión nacional - ¿Pero? ... ¿Y? - le preguntaba yo sorprendida ante su tremenda decisión de no seguir haciendo televisión. Ahora la entiendo. Yo también tengo mi lado frívolo ¡pero tampoco!

Después de figurar en cortos unitarios (no sabía que se llamaban así) de la Televisión Nacional, programas de esos que yo nunca veo porque mi lado frívolo es incapaz de "engancharse" con ellos, porque mi cerebro, demasiado dubitativo y reflexivo, es incapaz de tomarse más de 15 minutos en llenarse de basura; he descubierto, para bien de mi oficio, mi alma y mi trabajo, que, como se dice popularmente, "por ahí no es".

- ¡Ah! ¡Claro! La típica hippie teatrera que odia la televisión - Pues, damas y caballeros, amigos de este vilipendiado, variable y difícil oficio de la actuación: ¡No! No odio la televisión, intenté hacerla, tal vez con la sensación de que debía ser algo muy fácil, puesto que no exigía ninguna profundidad y sus temas buscan embobar más que reflexionar, tocar superficialmente y nunca poner a pensar. Pero, después de la experiencia puedo decir que, en lo que a mí respecta, sencillamente lo que sucede es que mi trabajo en relación a ella es demasiado mediocre como para poderlo lograr. Sí, mediocre: no estudio mucho ni desgloso el texto, no hago propuesta de personaje, no hago la tarea de ver lo que se ha hecho antes para entender el tono y lo que busca cierta producción, abordo el texto con prejuicio y siento que si me pongo a trabajarle demasiado a ciertos libretos pierdo tiempo valioso de mi oficio creativo e investigador.

Porque para mí el trabajo del actor es una investigación en profundo, es una cosa que no esta hecha de simple buena pinta y talento sino que esta llena del universo humano, de sus fibras, de sus amores más profundos y sus anhelos, de carne humana en exposición. El oficio del actor es una labor más cercana a la dialéctica, disciplina que Sócrates describía como el de las parteras: ellas ayudan a parir niños, la dialéctica a parir ideas. Así debe ser el oficio del actor.

Mi extremo prejuicio ante un texto de carácter melodramático no me deja ir más allá de esas palabras propuestas. Tampoco hay mucho qué hacer con él. No me divierto, no me vibra el alma, no me dan ganas de construir, no veo los seriados eternos de medio día de la televisión colombiana como un trampolín para hacer algo mejor, los abordo con el descaro del facilismo y el negocio que me da un buen dinero que en este momento necesito. Soy diletante, mediocre, desapasionada y descarada. Tan descarada como para decir que no me interesa hacer parte de un producto embrutecedor y ligero. A mi no me gusta lo light, prefiero que lo que alimenta mi cerebro tenga grasa, carne, sustancia y sangre.

Tal vez, en algún momento de mi carrera aparezca un caldo lleno de sustancia del que quiera hacer parte pero, por lo pronto, de esos caldos con agua y cilantro que le sirven al pueblo colombiano para llenarles la inteligencia, no quiero hacer parte. Me siento infiel a mi propia tarea artística y pedagógica, infiel a mis principios y fiel a la horrorosa creencia de que el actor es un simple hacedor, un repetidor, un farsante, un desgarbado de alma y de cerebro.

Con todo el respeto que me merecen colegas menos mediocres que yo, que logran hacer de ese lenguaje un lenguaje pleno de verdad y fortaleza, con el respeto de productores, escritores, directores y creadores que dan todo de sí en los sets de las producciones más exiguas, con el respeto que ellos se merecen, yo, de ese caldo no quiero.

Natalia Silva Ramón

Una mujer con sustancia

Bogotá. Julio de 2012.