Crónica: HISTORIAS DEL PARO AGRARIO

20.08.2013

Este pequeño grupo de autodenominados "gente pacífica" se reunió de repente a la salida de la Plaza de Bolívar. No teníamos cita previa, simplemente nos encontramos, unos cuantos optimistas que querían decir "sí se puede".

Serían las 7:30 de la noche y ya las protestas estaban disipadas por los escuadrones militares. De ida hacia el centro de Bogotá, caminando por la séptima con mi hermano y socio Ivancho Silva, algo nos invitaba a llegar hasta el centro a pesar de los vidrios rotos y el terrible olor a gas que nos hacía moquear y lagrimear. De repente, sentados en el Centro Internacional vimos a unos cuantos hippies y músicos tocando tambores y carrascas en honor a los campesinos, pasamos de largo no sin sonreírles y tocar nuestra pobre y ya dañada cacerola. Ya en el Parque de la Independencia, un policía de los antimotines nos dijo (de manera muy amable) "no se puede pasar". Así que no pasamos. Era evidente que en la 22 con 7ma aún había enfrentamientos entre algunos violentos (de los que protestaban y de los que defendían. Igual, violentos). Decidimos devolvernos y hacernos con los músicos.

Diez minutos después, la policía Nacional llegó en sus motocicletas a lanzar disparos al aire; no eran gases, pues no olía a nada, eran balas ¡vaya usted a saber si de salva o de las de verdad! ¡Pero dispararon hacia los músicos y protestantes enruanados. ¡Todos salieron a correr! y todo fue tan rápido que ni un video o foto pude tomar de la situación. Pero les aseguro que los policías llegaron de la nada a disparar contra gente que no hacía nada malo ni cometía ningún acto de vandalismo. Lo máximo que pude hacer fue poner un twitter denunciándolos ¡qué impotencia!

Y así, con ese sentimiento, seguimos caminando hacia el sur con el objeto de llegar a la Plaza de Bolívar. Nunca antes habíamos salido a marchar. Nunca antes habíamos creído en que marchar podía cambiar algo. Pero ahí estábamos, en la calle, armados únicamente con nuestras ruanas, una cacerola y una cámara fotográfica ¡Cuán peligrosos somos los que protestamos!

Una media hora después, habíamos encontrado a otros cuantos locos de ruana (uno en bicicleta, otro que cargaba una planta de maíz y una chica con ruana blanca que sí que sabía gritar), estudiantes algunos, otros que como nosotros, buscaban qué más hacer, cómo aportar. Y así, lento, nos fuimos devolviendo por la carrera séptima hacia el norte, cantando canciones que ellos nos enseñaron: "usted mirón, únase al montón, su abuelo es campesino y usté un trabajador" ó "Queremos Chicha, queremos maíz ¡Multinacionales Fuera del país!" entre otras tantas que decían que Uribe y Santos son la misma vaina o que clamaban por papa, yuca y habas libres de químicos o hacían vivas al Paro Agrario que sí existe y se mantiene.

Pronto, la arenga más importante tuvo que ser "Sin Violencia, Con conciencia" y con ella, se empezó a sumar más y más gente que cantaba y clamaba por una protesta pacífica. A la altura del Parque Nacional ya éramos un número considerable de gente, sin contar con los que desde sus ventanas agitaban banderas de Colombia o tocaban sus cacerolas, o la cantidad increíble de conductores de taxis, buses y particulares que pasaban pitando en apoyo a una causa sin violencia. En un momento llegó el ESMAD y estos pacifistas continuaron cantando "sin violencia, con conciencia" mientras se sentaban en la calle o se arrodillaban agitando sus palmas hacia arriba en señal de paz. Los anti motines no pudieron hacer nada más que acompañar nuestra marcha, más adelante fueron relevados por la policía, que terminó hablando con los chicos y contando historias del campo, de sus padres y sus abuelos, hablando de lo ricas que son las arepas boyacences y lo berracos que son los arroceros en el Huila y los paperos en Nariño. Por un rato, nuestra humanidad fue en realidad hermandad, ellos sonreían en sus motos mientras escoltaban nuestra marcha que, a la altura de la 50 y casi hacia las 10 de la noche se empezó a disipar.

Llegamos hasta el parque de los hippies, en la séptima con 60, cansados pero contentos. terminamos la marcha con un abrazo, nos despedimos de los policías con un gesto de amistad, ellos nos pitaron y aceleraron sus motos. En la plazoleta, casi entrando las 11 de la noche, sin darnos cuenta habíamos quedado el mismo pequeño grupo que había empezado. Nos felicitamos por habernos enseñado que se puede hacer presencia sin necesidad de violencia, que se puede construir país desde la paz y el bienestar. Quedamos de vernos en estos días (aún sin conocernos), pues sabemos que la lucha campesina en Colombia no va a terminar. Un señor, evidentemente pedagogo, felicitó a todos por ser agentes de paz y por haber hecho pedagogía durante una larga, triste y fría noche bogotana.

Y así, terminamos absolutamente agotados pero con la ilusión de que SÍ SE PUEDE, de que con actos sencillos y llenos de paz sí podemos sembrar semillas de conciencia y que esas son más fuertes que cualquier MONSANTO, que cualquier TLC y que el mismísimo gobierno de los Estados Unidos.

Natalia Silva Ramón.