Intimista: CARLITOS

03.02.2012

De nuevo aquí, con los zapatos rojos, la flor, la blusa roja, un café y una bella vista a las montañas ¿cuánto tiempo ha pasado? Un año, tal vez ¡Cómo tiendo a repetirme! Sigo siendo la misma, con tantas preguntas y tantas soledades. Hordas de miedo acompañan mi alma. Lo único que sé, con seguridad, es que hay algo en mi mirada astígmata que no es igual ¿menos ilusión? ¿más peso? He crecido, sigo creciendo y lo único que viene a mí son las mismas preguntas. Nada se resuelve o al final siempre es lo mismo: muerte - vida - manutención - muerte - vida, o mejor, muerte- vida - muerte. Nada permanece.

Las mismas preguntas ya no tienen las mismas respuestas pues varían en su forma cuando crezco. ¿Y si no creciera? ¿qué sería la permanencia en este mundo fluctuante? Pienso en la historia de Grass, el tambor de hojalata, ese niño que decidió dejar de crecer, quería permanecer, pero aún en su permanencia él no permanecía. Busco en mi memoria algo invariable y entonces pienso en Carlitos, el del barrio ¿cuál sería la enfermedad de Carlitos? esa suerte de retraso mental en el que él siempre está ¿quiso este alma burlar la inconstancia del mundo y buscar ser siempre constante? Carlitos, aprisionado bajo ese mismo cuerpo de adolescente precoz, los mismos juegos, las mismas líneas de acción y esas inmutables y eternas preguntas a todas las chicas del barrio:

- ¿cómo te llamas? -¿de qué signo eres? -¿de qué color es tu vestido de baño? -

Casi dos décadas habrán pasado desde que conocí a Carlitos. Regreso al barrio de mi infancia. A pesar de que Carlitos me ha preguntado toda la vida lo mismo, y ya me reconoce, me pregunta nuevamente lo mismo mientras me mira con esa mirada que es la misma de hace veinte años... La mía no, yo no, he variado, he ondeado, fluctúo entre las maletas de mis viajes que a menudo no son físicos.

Espero que la niña del café me traiga la cuenta, ella, embebida en sí misma ni siquiera me mira. Somos tantos y tan tremendamente solos y diversos.

El sol empieza a ponerse en las colinas bogotanas y los colores se tornan un poco grises, lentamente el café empieza a desocuparse y yo, por fin, recibo la cuenta. Quisiera quedarme aquí durante horas, sentada ante la inmensidad de mi cuaderno donde garrapiño con letra de médico. Tengo cosas qué hacer pero hoy me rehúso a hacerlas. Debería poner un letrero en mi frente que diga "estoy en voto de silencio, no insista" para obligar a la gente a que me hable en pantomima pues cuando sienten que yo no hablo ellos tratan de no hacerlo con la voz, sin embargo insisten incitándome con sus gestos de mimo callejero.

Con el gris del atardecer las señoras se levantan elegantemente de sus sillas, los niños se abrigan y los jóvenes se aburren. Todos quisieran que el rato de sol se elongara un poco más, pero todo es parte de este ciclo de vida- muerte - vida, este inteligente método del mundo para no ser Carlitos.

Natalia Silva Ramón

2012