ESCRITOS

He aquí eso que escribo

Cuatro mochileadas por Latinoamérica, varias por mi país, el trasegar por entre los Andes inculcado por mis padres desde la niñez, 20 años de teatro, tantos más de literatura interrumpida, considerarme una libertaria, saber que la rebeldía es mi bandera y que mi estado eterno es el de la resistencia ¿a qué? A todo aquello que huela al cómodo...

Me indigna. Me emputa. Me molesta. Por qué tengo que aguantarme sus miradas lascivas, su puta testosterona descontrolada, su intento de hacer que yo le ponga atención por medio de eso que yo, en cambio, considero tan descortés, tan guarro, tan hijueputa. Me jartan sus "-rica-" al oído o de lejos, me indigna que trate de acercarse para demostrarme...


Las últimas noches las he pasado fatal; las consecuencias para mí de su robo en mi espacio son emotivamente muy fuertes: nervios, desazón, atraso en el trabajo, pérdidas incontables de información y de horas de escritura que usted se llevó en mi computador, pero sobre todo, la pérdida de mi tranquilidad es la más fuerte de ellas. Usted no...

Sí, ya no escribo de política, ya no llamo a esta patria "país de mierda", ya no me quejo por cada hueco ni por cada trancón, pero sigo llorando mis ríos y los de los hijos que no sé si tendré, mis mares, mi oro y mi gente, y digo "mi" con una especie de sentido de pertenencia porque siento...

Tomas entre tus manitas las mías y me dices - ¿por qué son tan pequeñitas?- Te parece mentira que ésta, tu tía, la que te carga, te lleva, te pone de sombrero y de bufanda, tenga unas manos tan cortitas, frágiles y torcidas. Si supieras, mi amor, cuántas cosas más de mí son cortas, frágiles y torcidas. Ya...

Días de vacío... cuando todas las vueltas dadas me parecen una burla del destino. En esos días... ¡Ah, sí! ¡Esos días! En que las lágrimas buscan campo para saltar de su trampolín blanco y brillante y el pecho se hincha para retenerlas porque no vale la pena.

Este pequeño grupo de autodenominados "gente pacífica" se reunió de repente a la salida de la Plaza de Bolívar. No teníamos cita previa, simplemente nos encontramos, unos cuantos optimistas que querían decir "sí se puede".